Autoestima y relaciones

Qué son los mecanismos de defensa y cuándo se convierten en un problema

Hay situaciones que parecen repetirse una y otra vez.

La misma discusión con la pareja. El mismo conflicto en el trabajo. La misma sensación de que los demás no nos entienden. O la impresión de que determinadas cosas nos afectan mucho más de lo que deberían.

A veces incluso reconocemos el patrón.

Sabemos que reaccionamos de una forma que no nos ayuda. Que ciertas situaciones despiertan emociones desproporcionadas o que volvemos a cometer errores parecidos. Y, sin embargo, seguimos haciéndolo.

No porque nos falte voluntad ni porque no queramos cambiar.

Muchas veces ocurre porque hay aspectos de nosotros mismos que resulta difícil ver con claridad.

Ahí es donde entran en juego los mecanismos de defensa.

Cuando protegerse se vuelve invisible

Los mecanismos de defensa rara vez se sienten como una defensa y eso los hace especialmente difíciles de reconocer.

La mayoría de las personas no piensa «estoy evitando esta emoción» o «estoy protegiéndome de algo que me duele». Lo que experimenta es una sensación de normalidad. Una explicación que parece lógica. Una reacción que parece justificada. Una interpretación de los hechos que encaja perfectamente con lo que cree que está ocurriendo.

Precisamente por eso pueden mantenerse durante años sin que la persona sea consciente de su presencia.

Cuando una defensa funciona bien, deja de parecer una defensa. Se convierte en una forma habitual de interpretar la realidad.

No porque exista una intención de engañarse, sino porque la mente intenta reducir el impacto emocional de aquello que todavía resulta difícil sostener.

Y cuanto más automática se vuelve esa protección, más fácil resulta confundirla con la propia personalidad.

¿Por qué todos los utilizamos?

A veces se habla de los mecanismos de defensa como si fueran algo negativo o como una señal de que existe un problema psicológico.

La realidad es bastante diferente.

Todas las personas utilizan mecanismos de defensa. Forman parte del funcionamiento normal de la mente y cumplen una función adaptativa importante. Nos permiten seguir adelante cuando una situación resulta demasiado intensa, demasiado dolorosa o demasiado compleja para ser procesada de golpe.

Gracias a ellos podemos afrontar pérdidas, decepciones, cambios o conflictos sin quedar completamente desbordados.

En cierto sentido, funcionan como un regulador emocional. Nos ayudan a acercarnos poco a poco a experiencias que, de otro modo, podrían resultar difíciles de tolerar.

El problema aparece cuando esa protección deja de ser flexible.

Lo que inicialmente ayudaba a reducir el sufrimiento puede acabar limitando la capacidad de comprender lo que realmente está ocurriendo. La defensa deja de ser una ayuda temporal y se convierte en una forma rígida de relacionarse con uno mismo y con los demás.

¿Cómo saber si una defensa se ha convertido en un problema?

A veces la señal más clara no está en lo que sentimos, sino en aquello que evitamos sentir. Conflictos que se repiten una y otra vez, dificultades para asumir determinadas responsabilidades, emociones que siempre parecen tener la culpa fuera o la sensación de estar atrapado en los mismos patrones pueden indicar que una estrategia de protección que antes resultaba útil ha dejado de serlo.

No porque exista algo roto en la persona, sino porque toda forma de protección tiene límites. Lo que nos ayudó a sobrevivir emocionalmente en una etapa de la vida puede terminar dificultando la adaptación a la siguiente.

Reconocerlo no implica renunciar a esa protección de golpe. Implica empezar a preguntarse qué está intentando evitar y si sigue siendo necesaria en el presente.

¿Cómo afectan a nuestras relaciones?

Los mecanismos de defensa no solo influyen en cómo nos sentimos. También afectan a la forma en que nos relacionamos con los demás.

Muchas veces generan conflictos que parecen venir del exterior, cuando en realidad están relacionados con la forma en que intentamos protegernos del malestar.

Una persona que evita determinadas emociones puede tener dificultades para expresar necesidades importantes. Alguien que interpreta constantemente las acciones de los demás como ataques puede terminar generando conflictos donde no los había. Y quien ha aprendido a esconder lo que siente puede encontrarse rodeado de personas sin llegar a sentirse realmente comprendido por ninguna de ellas.

Por eso algunas dificultades relacionales parecen repetirse una y otra vez a lo largo de la vida.

No porque la persona tenga mala suerte.

Sino porque continúa utilizando estrategias de protección que fueron útiles en otro momento, pero que ya no encajan con la realidad actual.

¿Cómo se trabajan en terapia?

El objetivo de la terapia no es eliminar los mecanismos de defensa.

Todos necesitamos cierta protección en determinados momentos y pretender vivir sin ella sería poco realista.

Lo que se busca es desarrollar una mayor conciencia sobre cómo funcionan, cuándo aparecen y qué emociones están intentando proteger.

A medida que una persona adquiere más recursos emocionales, deja de necesitar algunas defensas de forma tan intensa. Poco a poco puede acercarse a experiencias que antes resultaban demasiado amenazantes y desarrollar una relación más flexible con ellas.

No se trata de quedarse sin protección.

Se trata de que la protección deje de dirigir la vida sin que la persona se dé cuenta.

Reflexión final

Los mecanismos de defensa no son enemigos que haya que combatir.

Son intentos de la mente por protegernos del dolor cuando todavía no disponemos de otros recursos para afrontarlo.

Por eso muchas de las estrategias que hoy generan dificultades fueron, en algún momento, soluciones necesarias.

El problema no es haber desarrollado defensas.

El problema aparece cuando seguimos utilizando las mismas mucho tiempo después de que hayan dejado de ser necesarias.

A veces el crecimiento personal no consiste en descubrir algo nuevo sobre uno mismo.

Consiste en atreverse a mirar aquello que durante años hemos necesitado evitar.

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